domingo, 27 de enero de 2013

RIPOLLÉS

(Publicado en Levante-Emv de Castelló el 18 de octubre de 2010)

Acaba de inaugurar Ripollés una escultura de homenaje a las víctimas del terrorismo que, como ya hemos dicho aquí, no nos parece nada original ni nada revolucionaria. Ahora resulta que eso de las manos y las palomas como símbolo de la paz no se había hecho nunca. Y sin embargo (misterio para Íker Jiménez) este escultor de aires ibicencos sigue siendo el artista de guardia del nacionalfabrismo. 
Empezó cogiendo alfalfa para los conejos. Luego París, luego el chalé de Platgetes, luego Aznar le encargó un cuadro. Hoy resulta imposible pasear por la calle sin tropezarse con alguno de sus personajes extraños. Sales a comprar el pan y zas, te das de bruces con uno de sus hombres/huevo de nariz picuda. Toda la ciudad es ya un gran museo ripollesiano, como si no hubiera más artista en el mundo que él. 
La Historia nos deja buenos ejemplos de pinceles, plumas, violines y cinceles que se pusieron al servicio del poder. Hitler tenía a Leni Riefenstahl para que le rodara unos contrapicados que acollonaban mucho al personal. Franco tenía a Pemán, juglar de la cruzada. Camps tiene a Calatrava, que construye ciudades de cartón piedra con escenarios rutilantes para darle el sablazo al Papa. Y Carlos Fabra tiene a Ripo. 
Lo cual que vivimos en dos dictaduras que son la misma: una cultural (simbolizada por un artista con boina albañilesca, cuernecillos y trazas dalinianas) y otra política (la de un señor que hace de oro a sus amigos y que no paga a Hacienda, porque Hacienda somos todos menos él, qué pasa, para chulo su pirulo). El sábado volvieron a darle un homenaje cómplice, nefasto y bochornoso al presidente periclitado que se lía con las declaraciones de la renta. No sabemos si invitaron a Ripollés para que retratara las grandezas de la corte. Lo que sí sabemos es que allí estuvieron todos los zalameros, lavacaras, tiralevitas, pelotilleros, melifluos, encubridores y vocingleros que le ríen las gracias y las mafias a su excelencia. Allí estuvieron las bocas que adulan, los bufones 24 horas, los corifeos del circo palaciego en que se ha convertido el PP provincial y que Ripollés no se atreve a denunciar en sus obras, quizás por temor a perder el chupito, el chollo, la sopa boba. Qué buenos lienzos de corrupción hubiera pintado Velázquez en esa reunión pepera del sábado, en ese carnaval del blanqueo de dinero. Velázquez era un artista comprometido que lo mismo retrataba a los reyes con sus tripuras, sus narices borbónicas y sus miradas codiciosas que a enanos, mendigos y borrachos de la calle. Aquello por lo menos tenía un sentido, un algo. Ahora un tipo como Manzoni caga en latas de conserva, las precinta con su nombre y apellidos y el Reina Sofía las expone como obras maestras en una urna de cristal. 
A Vargas Llosa le han dado el Nobel por «su cartografía del poder», que es tanto como reconocerle su impagable activismo social. El compromiso es el motor del arte, pero el compromiso no está de moda, y a Ripollés ya no le interesa airear la injusticia, ni el butroneo, ni las corruptelas. Le va más el flower power del fabrismo, el colorismo feliz, la obra naif y sin mensaje, la mirada huérfana de crítica, de denuncia política, de intención social. ¿Dónde están los abusos, la codicia humana, las atrocidades, los corruptos? ¿Por qué no los retrata? 
Lo más profundo del arte contemporáneo fue un grito desesperado, El Grito de Munch. Hoy la élite artística no grita porque no tiene nada que decir. Ripollés calla y vende obra bonita y muda porque es un autor subvencionado y cuando el arte vive de la subvención deja de ser arte y se convierte en burocracia. Ya no se hace creación para la eternidad. Ahora el artista trabaja fuerte para dar el pelotazo. Los autores son mariocondes que le chulean unas perrillas al Estado. 
Como el creador es un broker con pincel que va haciendo caja por el mundo le importa un bledo el arte. Produce obra rápida, barata, y a otra cosa, a otro contrato. Tener ideas brillantes está bien, pero está mucho mejor pescarle un buen contrato al fabrita de turno. Con un contrato te puedes comprar una carroza tirada por corceles blancos para ir a los toros. 
Al Dalí castellonero le aplaudimos que haya sabido construirse un personaje capaz de seducir al Poder. El artista es su personaje. Hasta yo estoy pensando ponerme un sombrero y una capa roja. O mejor un liguero. Y a vivir del cuento. 

Imagen: Joaquín Aldeguer

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